
Un Cuento un poco raro
ECLIPSE
La historia que os voy a contar sucedió en la ciudad de Lirba hace muchos años atrás…
Corría el año II antes de Cristo. Eran tiempos de grandes luchas, batallas y deseos de conquista. Los habitantes de la ciudad parecían haberse vuelto locos de repente, discutían entre si sin importar a quien se enfrentasen: vecinos, amigos e incluso hermanos. Todos peleaban para demostrar su superioridad frente a los demás. Pasaron meses de discordia:” que si yo tengo esto y tu no lo tienes, que si aquel me debe mucho y aquel otro me las pagará…”
Y el 30 de Junio al fin llegó, este día tan importarte no podía quedar en el olvido pasase lo que pasase, pues “la noche de los astros”, esa noche en que las estrellas dejaban de alumbrar por alguna extraña razón, llevaba celebrándose durante décadas.
Cuando el Sol se ocultase tras el ocaso aquel 30 de Junio, la Princesa Luna debía partir en peregrinación acompañada por todos los habitantes de Lirba, vestidos con sus túnicas para la ocasión. Caminarían llevando a la Princesa en su carruaje hasta la colina de Ertes donde la abandonarían y ella ofrecería su danza al cielo infinito hasta el amanecer con el fin de amparar a su pueblo en la noche oscura.
Con los primeros rayos de la mañana los lugareños comenzaron a hacer los preparativos para la noche, grandes banquetes, ofrendas para el Sol. Llenaron las calles de flores y farolillos y poco a poco y sin darse cuenta de alegría y armonía. Todos estaban muy emocionados preparando la gran noche y por un día se olvidaron de discutir.
Luna, por su parte, pasó la mañana y la tarde rodeada de doncellas que le arreglaban el pelo y le aplicaban todo tipo de ungüentos para lucir más bella. Estaba nerviosa pero recordó aquella predicción que la vieja adivina le hizo al cumplir los 15 años: “la noche en que no hay estrellas se producirá tu encuentro con el universo y esto traerá la paz y la unión a tu pueblo” Luna era una firme creyente de la astrología. Era cierto, seguro.
La multitud de lirbenses esperaba con sus túnicas estampadas de estrellas a la salida de Palacio, las trompetas anunciaban que se abrirían las puertas de un momento a otro y el carruaje de la Princesa Luna aparecía al fin. Subieron a la colina de Ertes tocando con tambores y timbales melodías de fiesta como indicaba la tradición y una vez allí abandonaron a Luna confiándole su suerte.
La princesa, al principio, pasó frío y miedo pues era la primera vez que se quedaba sola y a oscuras en medio de la naturaleza. Comenzó a bailar tímidamente porque no sabía muy bien que hacer, pero a medida que pasaba el tiempo los pensamientos le daban la fuerza para continuar: su pueblo unido y feliz. Esta idea la ayudaba a seguir adelante. Poco a poco y sin saber de qué manera se fue dejando envolver por lo que comenzó siendo un susurro de la naturaleza que luego parecía pedirle a gritos no cesara su danza.
A esa hora el Sol ya andaba acostado en su cama pero el grito de la noche sorprendido por la belleza de Luna le despertó y logró convencerlo para que se levantase a verla. Quedó deslumbrado de amor ante tanta belleza…un minuto la miró, el siguiente la amó, el siguiente la adoró. Después quiso tocarla, se acerco a ella. La naturaleza enmudeció, el pueblo enmudeció porque estaba contemplando el primer eclipse de Sol.
A la mañana siguiente los vasallos encargados de recoger a Luna en la colina no la encontraron. La buscaron por todas partes, su padre ofreció a quien la encontrara una suculenta recompensa, pero no se supo de ella jamás. Dicen que el Sol se la llevó y que viven en el firmamento felices para la eternidad.
Los lirbenses, que no habían visto nada igual, se dedicaron a comentarlo durante días, meses y años olvidándose así de sus rencillas para siempre.
Desde aquel 30 de Junio del año II a.C. todas las noches que no salen las estrellas el Sol y Luna salen a bailar. Todavía hoy hay gente que dice que en la colina de Ertes es el lugar donde danzan la Luna y el Sol.
